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Lunes, Octubre 23, 2017 - 10:50

Los colombianos estamos asistiendo a un ‘tsunami’ de la corrupción, que ha puesto en escena bochornosos y sorprendentes hechos que nos avergüenzan como país y nos debe conducir a la pregunta colectiva de qué vamos a hacer individual y colectivamente para derrotar este cáncer que, de continuar como vamos, en pocos años seremos este fenómeno.

Bien podríamos decir que este mal endémico y catastrófico es aún más arrasador de los cimientos nacionales, que un conflicto como el que Colombia soportó con la guerrilla de las Farc y aún soporta con el Eln en mucho menor medida.

La afirmación es respaldada por connotados estudiosos de la realidad nacional, basados en una visión que abarca el pasado y el presente de las violencias colombianas desde que un 20 de julio de 1810 gritamos la victoria granadina que nos liberó del yugo español.

Y les damos la plena razón. La guerra contra las dos guerrillas y su solución consistía en derrotarlas por la vía militar como lo trató de hacer en sus dos gobiernos el expresidente Álvaro Uribe Vélez, sin conseguirlo a pesar de haber estado muy cerca de lograrlo, o a través de un proceso de diálogo que corrigiera formas y errores de los intentos que se habían dado en el pasado, tal como lo ha alcanzado en gran medida el presidente Juan Manuel Santos.

La lucha contra la corrupción para reducirla a las más mínimas expresiones debe ser realista, pues al ser una manifestación de nuestras miserias humanas es ingenuo pensar que la vamos a extirpar totalmente de la conciencia nacional. Es por eso que encarna una misión aún más titánica que enfrenar un conflicto, pero no imposible.

Hemos dicho que estamos sufriendo un ‘tsunami’ de corrupción, pero tal vez sea conveniente anotar y aclarar que no es en las últimas décadas que Colombia se ha sumido en las tenebrosas profundidades de ese suplicio. Lo que está pasando más bien es que ahora se está investigando más y con mayor acierto, gracias al avance en la preparación del talento humano dedicado a esa titánica misión y la optimización de herramientas tecnológicas que han sido por demás fundamentales en este proceso.

Esto, sin embargo, no es suficiente y aún tenemos una Fiscalía que al tener que hacer su tarea en un país como el nuestro que ha heredado del narcotráfico la cultura del enriquecimiento ilícito, ha debido contar con apoyos internacionales como el de Estados Unidos, desde donde han contribuido a destapar más de un caso de escandalosa corrupción.

La pregunta es, cómo derrotamos la corrupción, que con su voracidad amenaza con frenar o cortar todas las posibilidades de al menos acercarnos a los niveles de desarrollo alcanzado por tantos países, que al igual que Colombia, sufrieron el dolor de los conflictos internos.

La solución, sin embargo, no es convertir la derrota de la corrupción en un producto que ofrece determinado candidato o partido, en época de elecciones, para después olvidar el propósito o, lo que es peor, sumar un cúmulo de nuevas vergüenzas corruptas iguales o peores a las cometidas por anteriores gobiernos.

La solución no es aplicar la pena de muerte a los corruptos y no es cambiando un gobierno de derecha por uno de izquierda, para que cuando el de izquierda haya repetido los mismos pecados, la derecha se presente ante el electorado como la nueva opción de cambio para luchar contra la corrupción.

En cambio sí lo es, aunque a mediano y largo plazo, el iniciar una cruzada para la recuperación de los valores, que debe empezar desde los hogares, continuando en escuelas, colegios y universidades, instituyéndola como una política de Estado y no simplemente de un gobierno.

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