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Miércoles, Febrero 14, 2018 - 06:55

Carlos Antonio Lozada, líder de la FARC, lideró un acto público de verdad, perdón y reparación con las víctimas y familiares del atentado en el Club el Nogal, ocurrido hace 15 años en el norte de Bogotá.

En el evento estuvieron presentes el padre Francisco De Roux, Lucía Victoria González y Carlos Martín Beristain, integrantes de la Comisión de la Verdad acordada en los acuerdos de paz.

Así mismo, asistieron Néstor Raúl Correa, Secretario Ejecutivo de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), representantes de los países garantes (Cuba y Noruega), delegados de la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas, del Instituto Colombiano para la Justicia Transicional (ICTJ), y Álvaro Leiva Durán y Diego Martínez.

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A continuación el discurso de Carlos Antonio Lozada:

Colombia vive uno de los momentos más importantes de su historia reciente, nunca como ahora, ha existido la posibilidad real de sentar las bases que nos alejen del ciclo de desencuentros que ha caracterizado nuestro devenir, a partir del momento en que logramos nuestra independencia, frente al imperio español. 

Ha sido nuestra historia, una larga serie de enfrentamientos internos, cada uno más violento y doloroso que el anterior.

Los odios heredados de generación en generación, han terminado por tejer una cadena de dolor que, como una maldición, pareciera que nos mantuviera destinados a matarnos entre hermanos.

Así, de las innumerables guerras caudillistas del siglo XIX, pasamos al siglo XX, en medio de una guerra de mil días, que presagiaba lo que serían los siguientes cien años de nuestra historia republicana.

La hegemonía política de unas élites puestas de espaldas a la realidad de los más humildes, la persecución y asesinato de campesinos para despojarlos de sus tierras, la masacre de obreros agrícolas, la intolerancia frente a las ideas ajenas; el fanatismo y el odio, utilizados como mecanismos para soliviantar las más bajas pasiones, fueron el catalizador para la violencia partidista de mediados del siglo XX; caldo de cultivo, a su vez, del conflicto que hoy buscamos superar, con tanto esfuerzo.

No fue mejor la segunda mitad del siglo anterior; al nunca resuelto conflicto económico-social, se agregó el conflicto armado entre el Estado y las insurgencias; complejizado, por el involucramiento de estructuras paramilitares y el dinero de economías ilegales, que se adicionaron al tradicional despojo violento de la tierra.

Roto el círculo vicioso de la guerra, en virtud de los acuerdos de La Habana, aún está por hacer el balance de lo que significó, en términos económicos, políticos y sociales, el último medio siglo de enfrentamientos fratricidas.

Lograrlo, depende de que los múltiples responsables asumamos, cada uno, nuestra parte de responsabilidad para con la sociedad y, fundamentalmente, con las generaciones futuras; compromiso ético, que pone en el centro las víctimas con toda su carga de dolor y sufrimiento.

En un contexto como el actual, nada contribuye más a restañar las heridas que la verdad, base para la reconciliación y requisito indispensable para el deseado perdón.

Es por esa razón que hoy asistimos ante ustedes, con la convicción profunda de que la paz y la reconciliación vendrán de la mano de la verdad y el perdón. A 15 años de los hechos del Nogal; llegamos a este acto, con humildad a pedirles que ojalá seamos perdonados, sabemos de la generosidad de las víctimas, porque hemos recibido sus bendiciones en todos los actos tempranos de reconocimiento de responsabilidades, que hemos realizado, desde cuando nos encontramos con sus representantes en las audiencias que enmarcaron la discusión del punto sobre las víctimas del conflicto, en la agenda de La Habana.

A ustedes, familiares de las víctimas del Club el Nogal, queremos expresarles que estamos convencidos que lo ocurrido ese 7 de febrero de 2003, es algo que nunca debió ocurrir, algo injustificable, más allá de que estuviese motivado en información que señalaba al club como un centro de reuniones para la planificación de operaciones contrainsurgentes, encabezadas por funcionarios gubernamentales y líderes paramilitares.

Es así, cómo en medio de la vorágine de guerra, característica de los primeros años del presente siglo, no medimos las consecuencias que acarrearía para el conjunto de la sociedad tal acción: 36 muertos y más de un centenar de heridos, víctimas de tan injustificable e irreparable episodio.

Nunca fue política de las FARC-EP, atentar de manera premeditada contra objetivos civiles, y; si bien es cierto que en una guerra con las características de la que nos vimos obligados a enfrentar, de una u otra manera, se terminan afectando a quienes no hacen parte de la confrontación, también lo es que, entonces, entendimos que nada justifica que un club social haya terminado convertido en un objetivo de ese tipo. Como no es justificable ninguna forma de afectación premeditada de la población civil, bajo ningún pretexto.

Partiendo del anterior precepto, las partes convinimos en La Habana, poner a las víctimas en el centro de los acuerdos que cierran el conflicto entre el Estado Colombiano y las FARC-EP.

Este compromiso ético, moral y político, sin parangón en ningún acuerdo de paz, ha ganado el reconocimiento de las más altas dignidades del planeta, del sistema de Naciones Unidas y de las más prestigiosas autoridades mundiales relacionadas con la defensa de los derechos humanos y los derechos de las víctimas.   

Para las FARC-EP, es claro que este tipo de compromiso no está sujeto a ninguna condicionalidad; ni se queda a la espera de reciprocidad de la contra parte, por cuanto su ámbito es el de las más elevadas consideraciones y obligaciones morales.  

Es así cómo, aún antes de firmar el acuerdo definitivo, nos dimos a la tarea de contactar con las víctimas, de hechos en los cuales pudiera haber responsabilidad de unidades integrantes de las FARC-EP, a fin de realizar actos tempranos de reconocimiento de responsabilidad colectiva, aportar verdad en el esclarecimiento de los hechos y sentar las bases de la necesaria reconciliación entre los colombianos, luego de más de cinco décadas de enfrentamiento interno.

Ya firmado el Acuerdo, se trata de ratificar ante el país, la comunidad internacional, la Comisión de la Verdad, la Jurisdicción Especial de Paz; y sobre todo, frente a las víctimas, los compromisos adquiridos por las partes, no solo para honrar la palabra, sino para contribuir con la verdad a la construcción de un relato nacional, que nos sirva de memoria, que haga justicia a las víctimas y sus familiares, que contribuya a reparar el daño causado y que nos prevenga de la tentación de quienes pretenden prolongar los odios y los desencuentros.

Siguiendo esos derroteros, El 28 de marzo de 2017, las FARC – EP y las víctimas del atentado al Club El Nogal de Bogotá, representadas por Bertha Lucía Fríes; nos comprometimos, a coordinar un acto público de verdad, perdón y reconciliación. En honor a ese acuerdo nos encontramos hoy en este escenario.

Por eso, en este momento, con el corazón en la mano y la mente abierta al futuro, los antiguos mandos y excombatientes de las FARC-EP, aceptamos las responsabilidades que nos correspondan por este injustificable hecho, convencidos que está acción reparadora allanará el camino que permitirá la reconciliación entre hermanos.

Muchos se preguntarán: ¿quién puede perdonar después de esto? Sabemos que el perdón es fruto de la voluntad de cada individuo, somos conscientes de ello; sin embargo, tenemos la certeza de que sus repercusiones calarán hondamente en la conciencia de un pueblo que se debate en el dilema de dejar atrás los odios, o, ahondar la ira; de lo cual no podrá surgir sino nuevas etapas de violencia.

¿Quién no se equivocó alguna vez y luego tuvo que pedir perdón? penosamente no podemos retroceder el tiempo y no se puede borrar aquel hecho injusto. Nos queda, el camino de la verdad, que nos lleva a la reconciliación; del perdón, que nos libera de los odios; de la justicia restaurativa, que permite sanar las heridas y reparar, al menos en parte, el daño y el dolor causado; solo así, evitaremos que las futuras generaciones tengan que repetir la tragedia que hemos padecido por más de doscientos años.   

Para llegar a este punto debimos transitar un largo y nada fácil camino: estableciendo relaciones, dialogando, construyendo confianzas, dejando prevenciones y rencores. Las víctimas y los antiguos combatientes nos hemos reunido para expresar y escuchar lo padecido y lo que pensábamos sobre ello. Este ejercicio, también ha permitido ver la dimensión humana tanto de víctimas como de excombatientes: sus temores, sus deseos, sus sueños… que afortunadamente han podido confluir hacia un mismo objetivo: alcanzar la paz para nuestro país y la construcción de un proceso que hemos definido como reconciliación con valores.

Por nuestra parte, a la vez que mantenemos nuestro compromiso de comparecer ante la Comisión de Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición y, ante la Sala de Reconocimiento de Verdad y Responsabilidad del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y no Repetición, y convocamos a que todos aquellos, no solo los excombatientes, que tengan conocimiento respecto de este hecho, y en general de cualquier hecho victimizante de la confrontación,  aportemos a la verdad, como parte del deber ser, en este momento histórico. Expresamos igualmente, nuestra disposición de aportar verdad para alcanzar justicia y reparar a las víctimas, como venimos haciendo desde que comenzaron las conversaciones de paz en la Habana y a atender las solicitudes para ser escuchados ante la jurisdicción administrativa.

Así mismo, podemos decir con toda seguridad; que esto nunca volverá a repetirse. La dejación de las armas, el cumplimiento irrestricto de lo pactado y nuestra palabra empeñada, son la garantía de ello.

Hemos entregado lo que comprendía nuestra economía de guerra, bienes y activos, para que el Estado lo destine a la reparación integral a las víctimas; los términos y procedimientos para esa reparación material, serán precisados en el marco de la Comisión de Seguimiento, Impulso y Verificación a la Implementación del Acuerdo Final, tal como fue convenido por las partes firmantes.

Es el momento de mirar hacia adelante, con el recuerdo de aquellos que perdieron la vida en ese atentado; honrando su memoria y convirtiendo su dolor en posibilidades de vida digna, paz y felicidad para los colombianos.

Nadie podrá arrebatarle a Colombia la posibilidad de un mañana mejor.

Recordemos con dolor de patria, pero con optimismo en el mañana; a todos los sacrificados en este acto injustificable: trabajadores, asociados, deportistas, profesionales, padres, madres, hijos… todos compatriotas que no merecían tal suerte:

Alejandro Guzmán Cruz

Alejandro Ujueta Amorocho

Ana María Arango

Andrés Ruíz Aristizábal

Antonio Robayo Ferro

Bella Nancy Méndez Díaz

Catalina Muñoz Toffoli

César Caicedo Cruz

Dora Izquierdo

Eduardo Mutis

Fernando Sarmiento

Germán A. Munévar

Gustavo Forero

Hugo Oswaldo Silva

Jenny Castiblanco

Jenny Rocía Carri

Jiménez Triviño

Jorge Andrés Arángo

Juan Manuel García P.

Juan Pablo Jiménez Pinzón

Juan Sebastián Carrillo

Luisa Fernanda Mugno V.

Luisa Fernanda Solarte A.

Manuel Antonio Ferro C.

Manuel Díaz Moreno

Marco Baracaldo

Marco Tulio Hernández L.

María Gladys Quiroga G.

Mariana García

Mariana García Mugno

Mauricio Domínguez

Milton Ricardo Martínez

Óscar Enrique Barbosa

Rafael Anaya

Sergio Muñoz Salame

Yesid Castiblanco

¡!Ellos serán la semilla de una Nueva Colombia en Paz!!

Muchas gracias a todos y todas.

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